Segunda parte de la Gran Historia

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Segunda parte de la Gran Historia

Mensaje  webforo el Jue Nov 06, 2008 6:00 am

¡Cuán grande es la clemencia del Señor, cuán grande la difusión de su gracia y bondad, pues que quiso que orásemos frecuentemente en presencia de Dios y le llamemos Padre; y así como Cristo es Hijo de Dios, así nos llamemos nosotros hijos de Dios! Ninguno de nosotros osaría pronunciar tal nombre en la oración si no nos lo hubiese permitido Él mismo. Hemos de acordarnos, por tanto, hermanos amadísimos, y saber que, cuando llamamos Padre a Dios, es consecuencia que obremos como hijos de Dios, con el fin de que, así como nosotros nos honramos con tenerle por Padre, Él pueda honrarse de nosotros. Hemos de portarnos como templos de Dios, para que sea una prueba de que habita en nosotros el Señor y no desdigan nuestros actos del espíritu recibido, de modo que los que hemos empezado a ser celestiales y espirituales no pensemos y obremos más que cosas espirituales y celestiales, porque el mismo Señor y Dios ha dicho: Glorificaré a los que me glorifican, y será despreciado el que me desprecia. También el santo Apóstol consignó en una de sus cartas: No sois dueños de vosotros, pues habéis ciclo comprados a gran precio. Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.

(8; 9a; 11; BAC 241, 204-209)

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo:

Añadimos después esto: «Cúmplase tu voluntad en la tierra como en el cielo». No en el sentido de que Dios haga lo que quiere, sino en cuanto nosotros podamos hacer lo que Dios quiere. Pues ¿quién puede estorbar a Dios de que haga lo que quiera? Pero porque a nosotros se nos opone el diablo para que no esté totalmente sumisa a Dios nuestra mente y vida, pedimos y rogamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios; y para que se cumpla en nosotros, necesitamos de esa misma voluntad, es decir, de su ayuda y protección, porque nadie es fuerte por sus propias fuerzas, sino por la bondad y misericordia de Dios. En fin, también el Señor, para mostrar la debilidad del hombre, cuya naturaleza llevaba, dice: Padre, si puede ser, que pase de mí este cáliz, y para dar ejemplo a sus discípulos de que no hicieran su propia voluntad, sino la de Dios, añadió lo siguiente: Con todo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres. Y en otro pasaje dice: No bajé del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Por lo cual, si el Hijo obedeció hasta hacer la voluntad del Padre, cuánto más debe obedecer el servidor para cumplir la voluntad de su señor, como exhorta y enseña en una de sus epístolas Juan a cumplir la voluntad de Dios, diciendo: No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno amare al mundo, no hay en él amor del Padre, porque todo lo que hay en éste es concupiscencia de la carne y concupiscencia de los ojos, y ambición de la vida, que no viene del Padre, sino de la concupiscencia del mundo; y el mundo pasará y su concupiscencia, mas el que cumpliere la voluntad de Dios permanecerá para siempre, como Dios permanece eternamente. Los que queremos permanecer siempre, debemos hacer la voluntad de Dios, que es eterno.

La voluntad de Dios es la que Cristo enseñó y cumplió: humildad en la conducta, firmeza en la fe, reserva en las palabras, rectitud en los hechos, misericordia en las obras, orden en las costumbres, no hacer ofensa a nadie y saber tolerar las que se hacen, guardar paz con los hermanos, amar a Dios de todo corazón, amarle porque es Padre, temerle porque es Dios; no anteponer nada a Cristo, porque tampoco Él antepuso nada a nosotros; unirse inseparablemente a su amor, abrazarse a su cruz con fortaleza y confianza; si se ventila su nombre y honor, mostrar en las palabras la firmeza con la que le confesamos; en los tormentos, la confianza con que luchamos; en la muerte, la paciencia por la que somos coronados. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios, esto es cumplir la voluntad del Padre.

Pedimos que se cumpla la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra; en ambos consiste el acabamiento de nuestra felicidad y salvación. En efecto, teniendo un cuerpo terreno y un espíritu que viene del cielo, somos a la vez tierra y cielo, y oramos para que en ambos, es decir, en el cuerpo y en el espíritu, se cumpla su voluntad. Pues hay lucha entre la carne y el espíritu y cotidiana guerra, de modo que no hacemos lo que queremos, ya que el espíritu va tras lo celestial y divino, mas la carne se siente arrastrada a lo terreno y temporal. Y por eso pedimos que haya paz entre estos dos adversarios con la ayuda y auxilio de Dios, a fin de que, si se cumple la voluntad de Dios en el espíritu y en la carne, el alma, que ha renacido por Él, se salve. Es lo que pone de manifiesto y declara abiertamente el apóstol Pablo: La carne, dice, apetece contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; estos dos son adversarios el uno contra el otro, por manera que no hacéis lo que queréis. Bien conocidas son las obras de la carne, cuales son los adulterios, fornicaciones, impurezas, torpezas, idolatrías, envenenamientos, homicidios, enemistades, altercados, rivalidades, animosidades, provocaciones, riñas, desavenencias, herejías, envidias, embriagueces, comilonas y otros vicios semejantes; los que tales cosas cometen no poseerán el reino de Dios. Al contrario, los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, magnanimidad, bondad, lealtad, mansedumbre, continencia, castidad. Por eso debemos pedir con cotidianas y aun continuas oraciones que se cumpla sobre nosotros la voluntad de Dios tanto en el cielo como en la tierra: porque ésta es la voluntad de Dios, que lo terreno se posponga a lo celestial, que prevalezca lo espiritual y divino.

También puede darse otro sentido, hermanos amadísimos, que, puesto que manda y amonesta el Señor que amemos hasta a los enemigos y oremos también por los que nos persiguen, pidamos igualmente por los que aún son terrenos y no han empezado todavía a ser celestes, para que asimismo se cumpla sobre ellos la voluntad de Dios, que Cristo cumplió conservando y reparando al hombre. Porque si ya no llama Él a los discípulos tierra, sino sal de la tierra, y el Apóstol dice que el primer hombre salió del barro de la tierra y el segundo del cielo, nosotros, que debemos ser semejantes a Dios, que hace salir el sol sobre buenos y malos y llueve sobre justos e injustos, con razón pedimos y rogamos, ante el aviso de Cristo, por la salud de todos, que como en el cielo, esto es, en nosotros, se cumplió la voluntad de Dios por nuestra fe para ser del cielo, así también se cumpla su voluntad en la tierra, esto es, en los que no creen, a fin de que los que todavía son terrenos por su primer nacimiento empiecen a ser celestiales por su nacimiento segundo del agua y del Espíritu.

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Mensaje  webforo el Jue Nov 06, 2008 6:01 am

(14-17; BAC 241, 210-213)

Carta de Cipriano, desde el lugar donde se escondió al comenzar la persecución de Decio, a los presbíteros y a los diáconos de Cartago; de principios del año 250.

Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos carísimos, salud.

Os saludo, encontrándome bien por la gracia de Dios, hermanos carísimos, y me alegro de saber no hay novedad en lo que se refiere asimismo a vuestra salud. Y ya que las circunstancias no permiten estar ahora con vosotros, os ruego en razón de vuestra fe y religión, que desempeñéis vuestras funciones y las nuestras, de modo que nada haya que desear en cuanto a la disciplina y el celo. Respecto al suministro de recursos, os ruego que nada falte, tanto a los que por confesar gloriosamente al Señor están en la cárcel, como a los que viéndose en pobreza y necesidad, permanecen, no obstante, fieles al Señor; pues todo el dinero recogido ahí, está distribuido entre los miembros del clero para casos de este género, de manera que haya muchos que puedan subvenir a las necesidades y apuros particulares.

También os ruego que no decaiga vuestro celo e interés por que no se perturbe la tranquilidad. Claro que los hermanos están deseando, por el gran cariño que les tienen, ir a visitar a los buenos confesores, que la gracia divina ha hecho ya ilustres con un glorioso principio; no obstante, creo que esto debe practicarse con discreción, no en grupos y en gran número de una vez, para no excitar con ello la hostilidad y que se deniegue la facultad de entrar; y en tanto que por exceso queramos demasiado, lo perdamos todo. Así que proveed con prudencia para que se lleve esto a cabo con la mayor seguridad, de modo que hasta los presbíteros, que en la cárcel ofrecen el sacrificio ante los confesores, alternen por turnos, cada uno con un diácono distinto, porque el cambio de personas y la variedad de los visitantes disminuye la animosidad. En todo, pues, debemos acomodarnos a las circunstancias con mansedumbre y humildad, como conviene a los siervos de Dios, y mirar por la tranquilidad, y atender al pueblo. Os deseo, hermanos carísimos y amadísimos, que gocéis siempre de completa salud, y os acordéis de nosotros. Saludad a toda la comunidad de hermanos. Os saluda el diácono y los que están conmigo. Adiós.

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Mensaje  webforo el Jue Nov 06, 2008 6:02 am

(Carta 5: Migne 4; BAC 241. 377-378)

Carta de Cipriano, desde su escondite, a los presbíteros y diáconos de Cartago, sobre el cuidado de la comunidad. Principios del 250.

Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos carísimos, salud.

Os saludo, carísimos hermanos, encontrándome bien por la bondad de Dios y deseando llegarme enseguida a veros, para dar satisfacción a mi deseo, que es el vuestro y el de todos los hermanos. No hay más remedio, sin embargo, que velar por la paz común y, aunque con pesar mío, estar ausente provisionalmente de vosotros, para no provocar con nuestra presencia la animosidad y violencias de los gentiles y no ser responsable de la pérdida de la paz, ya que más bien debemos mirar por la tranquilidad de todos. Así que, cuando me escribáis que todo está en paz y que ya puedo volver, o si Dios se dignare mostrarlo antes, entonces me juntaré a vosotros. Pues ¿dónde voy a estar mejor o más satisfecho que allí donde Dios quiso concederme la fe y el crecimiento? Os ruego tengáis extrema solicitud de las viudas, de los enfermos y de todos los necesitados. Pero aun para los forasteros, si fueren necesitados, tomad socorros de mi peculio que dejé en poder de Rogaciano, nuestro copresbítero. Y por si este fondo se hubiere ya distribuido, he remitido al mismo Rogaciano otra suma por el acólito Narico, con el fin de que con toda largueza y prontitud pueda hacerse la distribución. Os deseo, hermanos carísimos, constante y cumplida salud.

(Carta 7: Migne 36; BAC 241, 383-384)

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Mensaje  webforo el Jue Nov 06, 2008 6:04 am

Carta de Cipriano a los presbíteros y diáconos de Cartago, sobre el problema de los lapsi; verano del 250.

Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos, salud. Estoy extrañado de que vosotros, hermanos carísimos, no hayáis respondido nada a las muchas cartas que con frecuencia os remito, dado que la utilidad y necesidad de la comunidad de nuestros hermanos exige indudablemente que yo sea informado por vosotros de los negocios a resolver, y así pueda precisar las determinaciones. Pero como veo que no hay ocasión de reunirme con vosotros, y ya ha empezado el verano, en el que suelen atacar las enfermedades graves y frecuentes, considero que se ha de ayudar a los hermanos. Así que los que recibieron billetes de recomendación de los mártires y pueden ser ayudados por su intercesión ante Dios, si se vieren en trance de peligro o de enfermedad, sin esperar mi presencia, pueden cumplir la exomológesis de su delito ante cualquier presbítero presente, o, si no se encontrare un presbítero y urgiera el peligro de muerte, ante un diácono también, a fin de que, impuesta la mano como signo de reconciliacion, vayan al Señor con la paz que nos solicitaron los mártires se les concediera en sus cartas.

En cuanto a la otra parte del pueblo que cayó, asistidles con vuestras personas y reconfortadles con vuestros auxilios, para que no se aparten de la fe y misericordia del Señor. No deben, pues, ser privados de la ayuda y socorro del Señor los que con mansedumbre y humildad, y verdaderamente arrepentidos, perseveraren en sus buenas intenciones, puesto que a ellos también ha de atendérseles con el remedio divino. No debe tampoco faltar vuestra solicitud a los catecúmenos, si les sobreviniere peligro y último extremo de muerte, y, si imploraren el perdón de Dios, no se les niegue la misericordia del Señor.

Os deseo, hermanos carísimos, que siempre disfrutéis de buena salud, y os acordéis de mí. Un saludo de mi parte a toda la comunidad de hermanos, y recomendadles un recuerdo para mí. Adiós.

(Carta 18: Migne 12; BAC 241, 422-423)

Carta de Cipriano a los presbíteros, a los diáconos y a todo el pueblo de Cartago, sobre los méritos de un confesor; otoño del 250.

Cipriano a sus hermanos amadísimos y deseadísimos los presbíteros, diáconos y a todo el pueblo, salud. Es deber mío anunciaros, carísimos hermanos, las noticias que os pueden dar contento a todos y afectan al mayor honor de nuestra Iglesia. Y, en efecto, debéis saber que nos ha advertido e intimado la bondad divina inscribir en el número de los presbíteros de Cartago al presbítero Numídico y admitirlo a sentarse entre nuestro clero, siendo tan ilustre por la brillante conducta de su confesión y tan eminente por el prestigio que le han dado su valor y su fe. Además, éste ha enviado por delante de sí, merced a sus arengas, a una falange de gloriosos mártires que murieron lapidados y quemados, y hasta miró con gozo a su esposa, fiel a su lado, cuando se consumía en medio de las llamas con los demás, y más bien diría yo se conservaba. Él mismo, medio quemado y medio enterrado por las piedras, fue dado ya por muerto; después, cuando su hija, con sentimientos de piedad filial, buscaba el cadáver de su padre, es cuando se lo encontró respirando aún, y retirado y confortado, quedó contra su gusto separado de sus compañeros, a quienes él mismo había enviado por delante. Pero el motivo de quedarse fue, como vemos, para que el Señor lo agregara a nuestro clero y para dotar de prestigiosos sacerdotes nuestro grupo, desolado por la caída de algunos presbíteros.

Ciertamente se le promoverá, con la permisión de Dios, a un puesto más elevado de la Iglesia cuando con la gracia de Dios estemos ahí presentes. Entre tanto, cúmplase lo que se indica: recibamos con acción de gracias este don de Dios, esperando de la misericordia del Señor muchos beneficios de esta clase, a fin de que vuelva el vigor a su Iglesia y conceda, para honor nuestro, que se sienten con nosotros en las asambleas presbíteros tan mansos y humildes.

Os deseo, hermanos carísimos y deseadísimos, que conservéis sin interrupción entera salud.

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Mensaje  webforo el Jue Nov 06, 2008 6:06 am

(Carta 40: Migne 35; BAC 241, 484-485)

Carta de Cipriano a Suceso; ha comenzado la persecución de Valeriano; agosto del 258.

Cipriano a Suceso, su hermano, salud.

La causa de que no os escribiera, hermano carísimo, enseguida, fue que todos los clérigos, sometidos al golpe del combate, no podían salir de aquí en absoluto, dispuestos todos conforme al favor de su alma para la corona de Dios y del cielo. Debéis saber que han llegado los que había enviado a Roma con el fin de que nos trajesen la verdad de lo decretado sobre nosotros, cualquiera cosa que fuese. Pues se corren y airean diversos e inciertos rumores. Lo verdadero es lo siguiente: Que Valeriano dio un rescripto al Senado, ordenando que los obispos y presbíteros y diáconos fueran ejecutados al instante, que los senadores y hombres de altas funciones y los caballeros romanos deben ser despojados de sus bienes, además de la dignidad, y, si perseveraren en su cristianismo, después de despojados de todo, sean decapitados; las matronas, por su parte, perderán sus bienes y serán relegadas al destierro; a los cesarianos, cualesquiera que hubieren confesado antes o confesaren al presente, les serán confiscados los bienes y serán encarcelados y enviados a las posesiones del emperador, levantando acta de ello. El emperador Valeriano ha añadido a su rescripto una copia a la carta dirigida a los gobernadores de provincias sobre nosotros. Estamos esperando cada día que llegue esta carta, manteniéndonos en pie con la firmeza de la fe dispuestos al martirio, y esperando de la ayuda y misericordia del Senor la corona de la vida eterna. Sabed que Sixto fue degollado en el cementerio el seis de agosto, y con él cuatro diáconos. Y los prefectos de Roma activan cada día esta persecución, ejecutando a los que les son presentados, y destinando al fisco sus bienes.

Os ruego que deis a conocer estos sucesos a nuestros demás colegas, con el fin de que ellos exhorten en todas partes a las comunidades de fieles y las fortalezcan y preparen para el agón espiritual, y todos y cada uno de los nuestros no piensen tanto en la muerte como en la inmortalidad, y entregados con plena confianza y total decisión al Señor, se gocen de esta ocasión de confesarle más que la teman, porque saben que los soldados de Dios y Cristo no son exterminados, sino coronados.

Os deseo, hermano carísimo, siempre perfecta salud.

(Carta 80: Migne 82; BAC 241, 737-738)

Carta de Cipriano a los presbíteros, a los diáconos y a todo el pueblo de Cartago. sobre su actitud y la de los demás ante la nueve persecución; agosto del 258.

Cipriano a los presbíteros, diáconos y a todo el pueblo, salud.

Habiendo llegado a mi conocimiento, hermanos carísimos, que habían sido enviados frumentarios, para conducirme a Utica, y habiéndome aconsejado los amigos más queridos alejarme de momento de mis jardines, he consentido en ello por justo motivo, porque conviene que el obispo dé testimonio del Señor en la ciudad en que preside a la Iglesia del Señor y glorifique con la confesión del jefe en persona a todo el pueblo.

Lo que un obispo confesor dice en el mismo momento de la confesión bajo la inspiración de Dios, lo dice en nombre de todos. Al contrario, se mutilaría el honor de nuestra Iglesia tan gloriosa si yo, que soy obispo de otra Iglesia, dictada la sentencia en Utica por la confesión de Cristo, a consecuencia de ella, sufriera el martirio, puesto que yo ruego con continuas oraciones y deseo de todas veras y es mi deber hacer la confesión en medio de vosotros y padecer allí, y desde ahí partir para el Señor. Por tanto, esperamos aquí en este retiro secreto la vuelta del procónsul de Cartago, para saber de él lo que han dispuesto los emperadores sobre los cristianos legos y los obispos, y dirán lo que el Señor dispusiere se diga en este momento. Vosotros, hermanos carísimos, conforme a la doctrina que siempre recibisteis de mí sobre los mandatos del Señor, y conforme a lo que aprendisteis de mi enseñanza tantas veces, manteneos en paz y tranquilidad, y ninguno de vosotros promueva ninguna alteración entre los hermanos, ni se presente espontáneamente a los gentiles. Si es aprehendido y entregado a los magistrados, debe hablar, puesto que hablará por nosotros en aquel momento Dios, que prefirió una confesión a una profesión. Sobre lo que conviene hacer por lo demás, lo dispondremos sobre el terreno, con la inspiración del Señor, antes de que el procónsul dicte sentencia respecto a mi confesión del nombre de Dios.

Que el Señor Jesús, hermanos carísimos, os mantenga salvos en su Iglesia y se digne conservaros.

(Carta 81: Migne 83; BAC 241, 739-740)

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Re: Segunda parte de la Gran Historia

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